Los
programas televisivos como “El valor de la verdad” producen en el público un
gozo fuera de toda ley y moral. Es un gozo que envilece porque en vez de
enriquecer a la persona, la degrada. Implica siempre algún tipo de
desconocimiento y desprecio por las particularidades del otro. Se trata de una
burla sobre la desgracia ajena que impide el desarrollo humano auténtico.
El real
valor de ese programa es la confesión de las intimidades más vulgares de las
personas. Son verdades que rayan con lo delictivo, con lo inmoral. No importan
la personas por sus logros sino porque se han prostituido, han participado en
tráfico de drogas o simplemente esconden sentimientos egoístas.
Son
formatos, eso sí, muy populares y rentables para quienes trabajan en la
televisión.
De ahí que
sean tan sintonizados en casi todo el mundo. Su atracción radica en la
facilidad con la que pueden ser consumidos por la audiencia. La gente desconfía
de lo que
no es de
rápido entendimiento o lo que les impone un trabajo intelectual. Es más fácil
para
cualquier
persona evadirse de la realidad y dejarse llevar por la morbosidad que
cultivarse
como
persona. Eso se debe, en general, a que vivimos en una sociedad cuyos ideales
están por los suelos. Que ha perdido su capacidad de sorprenderse y cada vez
necesita más situaciones impactantes.
Quienes
consumen estos programas tienen una actitud bastante permisiva con la vida.
Sienten un
goce con la confesión de las bajezas. Es preocupante que sean precisamente
los más
jóvenes quienes se vean atrapados por esta clase de programas. Se corre el
riesgo de crear una generación de personas despreocupadas por los problemas del
otro.
Hay que
tener en cuenta que este público ávido de intimidades no solo consume
televisión.
Hay muchas
personas que siguen blogs que funcionan como diarios íntimos, lo que constituye
otra forma de exhibicionismo.
No hay duda
de que en “El valor de la verdad” nos encontramos con un caso muy parecido al
de Laura Bozzo. Las confesiones de las personas que participan en ese programa
no conducen a un desarrollo personal, no alimentan ningún afán estético. Solo
representan lo más chato y burdo de la sociedad.
En el crimen
de Ruth Sayas, en el que al parecer hubo una pugna por el premio que ganó
la joven,
hay cierta responsabilidad de los conductores y de la emisora. Ellos lucraron
con la exposición denigrante de sus intimidades.
Sí es
posible lograr un balance entre rentabilidad y calidad en los contenidos
televisivos.
Es difícil,
pero sí se puede ofrecer a la audiencia productos que sean interesantes y de
alta calidad. Además, en la historia ya se han producido este tipo de casos.
Solo basta recordar a los Beatles: ellos combinaron el éxito de ventas con
calidad musical.
GONZALO
PORTOCARRERO
MAISCH
Sociólogo
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